LA FORMA ABIERTA

Nicolás Mastracchio
Ariel Mora
Marcela Sinclair
Cecilia Szalkowicz

Mite Galería

Buenos Aires, 2012

Marcela Sinclair, The Art of Staircase Dressing (Nude), 2012

Cecilia Szalkowicz, Sin título (reloj), 2012

Nicolas Mastracchio, Too Late, 2011

Ariel Mora, Sin título, 2012

Juan Fernández y Guanamiru, el estanciero sibarita de el hombre de la pampa, la breve novela de Jules Supervielle (1923), decidió construir un volcán y llamarlo Futuro. Luego de cumplir con éxito su propósito y de inaugurar la montaña ardiente, molesto por el modo en que tal invención fue tratada por sus compatriotas, decidió trasladar a Futuro a Europa. Para ello ideó un plan que consistía en rebanar el volcán en catorce partes y numerarlas a fines prácticos. Pero antes de embarcar rumbo a París los transportistas se sublevan y comienzan una serie de desastres que terminan con la extinción del volcán. El estanciero hace lo imposible por olvidar su “volcánica obsesión” hasta que una noche un irreconocible perfume lo despierta. Intrigado por descubrir la causa de este olor se levanta y revisa la habitación hasta que una valija aparentemente vacía le indica el final del camino, es Futuro que allí lo aguarda. Este juego barroco de expansión donde la ficción actualiza una cámara de calor convertida en sistema de riego gracias a los vapores condesados y lo real aparece como escenario de ficción y fuga podría ser aplicado con éxito a las obras de esta exposición. Objetos e imágenes proclaman, a su manera, una visión de profundidad, una cámara de ecos donde los objetos generan narración y donde los espacios se multiplican. Lo visible aquí sigue la regla de percepción, es decir acontece cuando un objeto se recorta de un espacio, pero agrega otra cualidad que nos permite intuir aquello que no podemos ver. ¿Y qué es esto que niega su presencia? Para Nicolás Mastracchio se trata del doble, el mellizo no del todo idéntico que acompaña las cosas y que puede convertirse en una especie de espectro. Un bodegón fotográfico [Too Late, 2011] con un eco directo a las vanitas y un memento mori en sombra cuya acción avanza sobre las cosas. Una sucesión de transparencias delimitadas apenas por un borde dorado son suficientes para que Ariel Mora pueda construir una pantalla reflectante donde lo observado adquiere forma de inclusión. Esta investigación sobre el espacio dado, a través de la repetición de un gesto, convierte una aliteración en una forma múltiple. De un modo en apariencia opuesto Marcela Sinclair reacciona ante el mismo ventanal y trae a escena un velo, pero no para cubrirlo sino para emigrar su función. La separación entre público y privado que toda cortina sugiere recae sobre la escalera caracol, el único objeto funcional de la sala. Esta estructura tubular de voile [The Art of Staircase Dressing (Nude), 2012] permite invertir las funciones como un negativo. Cerrado sobre sí mismo el espacio de tránsito adquiere intimidad mientras que la sala, antes zona de resguardo, se revela como un espacio exterior. El intento por llegar al neutro de una fotografía del stand de la fábrica de masilla Rocadur en una feria industrial internacional de 1970 [La misma piedra, 2012], copiada en papel color a partir del negativo blanco y negro y protagonizada por un anacrónico pasillo circular completa esta lógica de dobles desplazamientos. El interiorismo a modo de simbología inmediata y la arquitectura ideada antes como decoración y proyección que como zona útil reaparece en la fotografía de Cecilia Szalkowicz [Sin título, 2010-2012]. Una cortina del prusiano Palacio de Sanssouci tapa la mitad de un reloj de pared y el tiempo queda suspendido entre la ilegibilidad y la ilusión de oscuridad que arroja una sombra. Elementos en contraste y un hueco espacial que incluye otros. Alusiones y guiños, que no citas de comportamiento, e importación de pensamientos, como los que sugieren la forma oscura, infinita y biselada compuesta por un espejo y una berenjena, que la artista esconde entre los libros y cuyo reflejo señala un nuevo vacío. Sin distanciarse del todo del acto físico de la imagen y sin relegar la totalidad de la comunicación a la funcionalidad del lenguaje visual, cada una de estas “formas abiertas” humean como el volcán Futuro su poder de ensoñación y proponen una inmersión en la ficción expansiva.

mariano mayer