Soy un libro que no he escrito ni he leído -Capítulo I-

Dudú A. Quintanilla
Paula Castro
Loreto Martínez Troncoso
Javier Peñafiel
Vier5

Mite

Buenos Aires, 2015

Javier Peñafiel, Dudú A. Quintanilla, Paula Castro

Javier Peñafiel, Dudú A. Quintanilla, Paula Castro

Javier Peñafiel, Dudú A. Quintanilla

Vier5

Loreto Martínez Troncoso

Sintiéndome mareado. Liam Gillick


En ocasiones una incontenible sensación desciende en el momento menos esperado. Ideas sobre actividades que deberían provocar relajación, como por ejemplo visitar una librería sin una idea fija o una búsqueda definida no mantienen relación con los efectos que provocan. Las ideas que recibimos son que estas visitas a la librería deberían representar un potencial que nos facilite la máxima relajación en nuestras vidas. Las librerías se promueven y entienden como contenedores de ideas e introspección, lugares donde funcionamos como individuos autónomos en la búsqueda de algo que, por lo general, experimentaremos a solas, o por lo menos de a uno cada vez. Por ello, las librerías son lugares tranquilos, reflexivos y de baja interacción. La experiencia es cualitativamente diferente de cualquier otra. Puede comenzar como una simple visita, admirando, mirando vagamente, pero existe una sensación de límite latente, de ascenso gradual. Un rápido crecimiento en la velocidad de la búsqueda puede empezar, llegando a veces a momentos extremos. La búsqueda puede ser agotadora si usas toda tu concentración y capacidad de memoria a corto plazo. Con entrenamiento, la búsqueda puede realizarse a una velocidad extrema. Esto solo puede lograrse con la supresión de la velocidad de aceleración hacia la sobrecarga que puede generar el colapso de aquellos que no están preparados para la conmoción de la búsqueda. Claro que este colapso es de muy baja intensidad en los esquemas del trauma psico-físico, pero puede ser sorprendente en su intensidad. Aún así seguimos aceptando la imagen de los libros y las librerías como objetos y lugares específicos, para personas aburridas. Quizás pensar en estructuras alternativas puedan arrojar algo de luz sobre el por qué de la existencia de este fenómeno disyuntivo entre percepción y realidad.

Una de las peculiaridades de Internet es que su velocidad es relativamente lenta. Nos ofrece momentos de pausas reflexivas o de irritación mientras esperamos la carga de las páginas. Estos momentos pueden convertirse en numerosos fragmentos de desconexión útiles que algunos han aprendido a reconectar, creando un nuevo tiempo de pensamiento que ya no existe en el momento de la búsqueda maniática del libro.

Más allá de influencias académicas o de las revistas especializadas, los artistas se encuentran en una posición única para generar una sensación de vértigo a través de sus publicaciones. Un vértigo generado por la recopilación de fragmentos desconectados en el momento de la búsqueda y apilados unos sobre otros en la memoria a corto plazo, hasta que experimentamos el “error del sistema” mental.

La producción de libros que parecen libros no simboliza lo que el libro debería ser. Son libros disfrazados de otra cosa, otras cosas enmascaradas como libros y libros tan simples y claros que eliminan la sensación de vértigo.

El efecto de exceso de las estanterías repletas en las librerías puede llevarnos a una sensación de náusea. La visita a librería ideal sería el grado cero de la búsqueda. El modelo alemán podría ser un buen ejemplo, cualquier población debería tener su librería ideal, la esquina que atrae a todos los curiosos interesados en conocer la esencia de este súper-espacio, que mantiene su independencia más allá de las ventas. Una librería más grande que el supermercado local, abierto a todas horas, manejado por vecinos. Un lugar donde los niños puedan conocer los libros. Pero lo más importante, un lugar donde tomar un café y poder leer todo el catálogo de la librería y cada texto nuevo. Aunque tu nivel de alemán sea muy pobre, este lugar te obliga a experimentar el efecto de vértigo que generan sus libros. Y aunque sea imposible devorar todas las palabras, esta misma sensación de exceso prevalece ante la cantidad y potencia de las imágenes. Si no está en las palabras, entonces debe encontrarse en el objeto en sí mismo. Como aquella esquela: “Amaba los libros, pero no su contenido”.


Nueva York, Noviembre, 1999