La música es mi casa

Gastón Pérsico

MALBA

Buenos Aires, 2017

INVENTAR EL CLÍMAX
Muchas veces, cuando cierro los ojos, se me aparecen unas caras* y, al igual que esas instancias donde el contacto visual ofrece un tipo de proximidad entre los compañeros de baile, están en movimiento. La tecnología muscular que habilita el baile hechiza y permite equiparar la experiencia a un suerte de investidura. Este estado particular de atención recorre el cuerpo como un ritmo y permite no solo retener las facetas de un mismo rostro, sino permanecer entre ellas. Regresemos, por un momento, al espacio que contiene esas caras. Sobre uno de los laterales del espacio, donde tal escena tiene lugar, hay una serie de gradas, y hacia el costado, una mesa de sonido y dos parlantes que emiten lo que podría ser un poema concreto, leído por un hombre y una mujer. Unos pocos círculos de luz rebotan de manera aleatoria sobre las paredes, y la pareja que se encuentra entre un grupo de chicos se aleja de ellos. En la zona más oscura de la sala, cerca de la pared, empieza a bailar. Hasta esa noche de calor tórrido en que visité la exposición Mostro IV (La Fábrica Espacio Cultural, 2014), abierta apenas un día, en la que Gastón Pérsico presentaba la pieza La música es mi casa, no sabía que era posible bailar sin música y arrinconarse como en una discoteca. La pregunta sobre el impulso corporal se impone, ya que es el movimiento, antes que la naturaleza de los textos emitidos y la genealogía arquitectónica, lo que hace de este espacio una zona de intermitencia estroboscópica. Una discoteca. Porque lo que estas voces arrojan no es otra cosa las letras de un dj set de música house volcadas al español, repleto de instancias de comportamiento (“Sentí el calor”, “¿Podés sentirlo?”). A pesar de ello, el ejercicio de traslación de un medio a otro no es suficiente para guiar tal comportamiento. Esta especie de función principal que permite hacer que siguiera presente, lo que pronto iba a estar ausente, la misma con la que John Berger especificó a la pintura, permite trazar vínculos entre lenguaje, cuerpo y ausencia. El Giotto imaginado e interpretado por el propio Pasolini en los minutos finales del Decamerón pregunta a cámara: "¿Por qué crear una obra de arte cuando soñar con ella es mucho más dulce?". La música es mi casa permite habitar ese lugar indiscernible entre la realidad de una experiencia perceptiva y una memoria atestada de índices. En esta lógica de síntesis, el señalamiento corporal es un cadencia rítmica; la sombra es una máquina de humo; la grada es una sala de concierto, y el paso de un círculo de luz roja a uno blanco se comporta como un estrobo ultrabrillante. Así este cuerpo a cuerpo con la memoria dance involuntaria moviliza la escena y permite que esa pareja, la de las caras en permanencia, se aleje para encontrarse.

El modo que señala, esas otras formas de conocimiento, donde el sonido y sus estructuras compositivas son tanto un vector de trasmisión como una zona en la que vivir juntos, permite desplazar las historias, colocarlas en un segundo plano. Sin relatos específicos y apuntes de una historia apenas esbozada, la música alcanza cierto neutro, ese que, según Roland Barthes, “desbarata el paradigma y remite a estados intensos” y emerge fuera de toda referencia, ya que las múltiples proposiciones que la música induce acontecen en dimensiones físicas, emocionales o intelectuales, más allá de la distancia de una subjetividad humana interrelacionada. Las formas de atención que tanto la vida nocturna como la experiencia hogareña que la música promulga no vencen. Por ello, esa noche del 2014, La música es mi casa no concluyó en una antigua fábrica, sino que continúa expandida y reconvertida.

El gesto es una herramienta de comunicación indirecta a través de la cual una comunidad se expresa y se entiende. Más allá de la etimología que lo convierte en un territorio de gesticulación y expresión muscular, el gesto es un tipo de existencia capaz de generar distintos niveles de presencia. El “estar ahí” del gesto artístico interpela, y su forma, que no su alcance, en muchos casos es la de una ausencia. Sin embargo, esta ausencia no es una garantía de incomunicación. El gesto artístico despliega tres movimientos básicos: la apropiación, la ampliación y la confusión.

El 27 de junio de 1981 el artista Philippe Thomas le presenta al galerista Mollet-Viéville un manuscrito encontrado en una calle de París, compuesto por seis paginas. Ambos deciden hacer una exposición con cincuenta fotocopias en formato A4 de dicho manuscrito. A fin de no perder concordancia, deciden ubicar en sobres de plástico transparente las seis páginas no numeradas y etiquetadas de cada ejemplar. El conjunto de fotocopias adquiere la forma de una pila sobre el suelo, y puede ser consultado y adquirido. Cada juego contiene una nota en papel amarillo que informa acerca de la naturaleza reproductiva de este manuscrito sin autor hallado en la calle, “cuya presentación es idéntica a la del original”. El galerista Mollet-Viéville, antes de la inauguración, recibe una carta fechada el 24 de junio de 1981, enviada por un homónimo de Philip Thomas. En ella le informa que, a través de un comentario realizado por una amiga, descubrió que su homónimo Philip Thomas, presentaría en su galería la copia de un manuscrito que él había dado a conocer. “Me gustaría recordarle”, escribe el autor, “que no he cambiado de opinión y que sin incluso saber que si se ha respetado dicho texto al pie de la letra, rechazo de antemano cualquier responsabilidad derivada del hecho de su publicación”. El galerista, obediente y deseoso de dar a conocer tal enredo, enmarca y cuelga la carta, que expone junto a las cincuenta copias del Manuscrit trouvé. El gesto artístico permite que hitos y enunciados puedan fluctuar entre valores reales y ficticios, pero desplazar el concepto de autor hasta sus últimas consecuencias arroja una reflexión radical sobre los límites de la historia del arte moderno y sus mecanismos de legibilidad. Ya que, como diría Thomas, a través de su alter ego Laura Carpenter: “Al fin y al cabo, no es difícil imaginar que un arte que ha rechazado la obligación de representar al mundo pueda rechazar también la obligación de representar a un autor”.

El arte de la apropiación desplaza el sentido de aquello que insinúa presentar. Cuando Cocó Chanel se apropia del jersey negro de cuello alto del duque de Westminster y lo convierte en el cuello insignia de un vestido, desfamiliariza el contexto. Al igual que hace Juan Desiderio cuando se come las eses finales en sus poemas: no solo convierte en escritura ciertas características del discurso hablado, sino que cada hurto y traspaso de pronunciación es un intento, como él mismo señala, “de fotografiar el sonido”. En esta especie de fundación donde los elementos conocidos aparecen bajo un nuevo orden de reconocimiento, las obras son dispositivos de memoria abiertos a la recreación. Sin historias secretas, los elementos de La música es mi casa postulan su deriva interpretativa y se comportan como los protagonistas de una historia que nunca termina. Este final de cuento, cuya dilación despliega un suspenso no sucede en cualquier lugar, solo acontece allí donde la música construye un lugar. Desprovistas de intenciones comunicativas preconcebidas, el conjunto de obras induce imágenes mentales y aproxima chispas de sensación, las mismas que promueve la música en su actividad psicofisiológica. Para que esto ocurra, Pérsico depura de su vocabulario formal de citas aquello que no sea capaz de interpelar y de convocar un tipo de presencia. Materiales porosos y estructurales, como las mayas con las que construye lienzos escultóricos que evocan las tapas de los parlantes; esferas que transparentan y atraviesan el espacio; metonimias corporales y una sostenida geometrización de las formas: cuadrado, círculo y paralepípedo. Tal reducción de materiales, antes que una economía de medios entendida a modo de una síntesis minimalista, propone un vaciamiento capaz de abrir el canal experiencial, ese que la época signada por la ansiedad táctil de un cristal reinterpreta y posterga. Su máquina de citar va al punto (un aro extensor; un bafle retorno; una viga); sin embargo, evita la autonomía y actúa por sumatoria, por multiplicidad. Allí está cada una de las partes que, interconectadas a modo de un ensamble, construyen un habitad, una estructura viva para la música. Distribuido entre partes y sumatorias, el principio rector del artista se interesa por llevar a cabo la acción de juntar, por ello las piezas de La música es mi casa no están solas. De la misma manera que la cultura hip-hop y el pop en general utilizan la etiqueta featuring para señalar la participación de "invitados especiales", el proyecto expositivo cuenta con una serie de actividades e intervenciones de artistas, músicos y críticos invitados (David Lamelas, Miguel Mitlag, Lucio Capece, Djs Pareja y Pablo Schanton). Cada participación establece una interacción y ensaya un tipo de ampliación. Así, bajo la misma lógica presencial, caracterizada por la porosidad referencial, el espacio creado recibe a otros artistas para que estos actúen como autores catalizadores de situaciones. Incorporar elementos y campos de sentido diversos, a través de obras ya existentes o comisionadas, potencia esa intención de permeabilidad, amplificación y transferibilidad que estructura La música es mi casa. Hacer del featuring un gesto de apropiación permite idear otras formas de colaboración y subrayar como las tecnologías del cuerpo, la canción y la palabra hablada se encuentran interconectadas. Por ello, los aspectos sonoros de toda comunicación son considerados como un ejercicio de reunión sensible de los cuerpos consigo mismos. En esta trama de construcción comunitaria y lenguajes de convivencia, la música es tanto un combustible como un músculo. Del mismo modo que la superposición de individualidades construye una serie de situaciones, el autor de inmaterialidades que Gastón Pérsico postula, es plural. Y, al igual que el poeta canadiense Mark Strand, defiende su presencia: «hay momentos en los que siento una suerte de atracción que no viene de ninguna parte y que podría ser la nada haciendo valer su derecho a existir no sólo en mí, sino por todas partes».


*John Berger: Páginas de la herida


mariano mayer